Todo ser humano requiere de energía para procurarse la vida. Los tipos de energía que ocupamos necesaria e invariablemente son cuatro: química (por la vía de los alimentos), solar (para la absorción de nutrientes), mecánica (para desplazarse, construir una vivienda, elaborar su vestido, etc.) y térmica (para procesos diversos como cocinar, abrigarse, fabricar, etc.). Pero la vida actual ha incorporado de manera protagónica a un tipo más: la energía eléctrica, que aunque no es indispensable para la vida (recuérdese que la producción, almacenamiento y distribución de electricidad no existía en el mundo antes del siglo XVIII) su uso se ha extendido abrumadoramente.
Hoy sabemos, gracias a la Encuesta Nacional de Consumo de Energéticos en Viviendas Particulares (ENCEVI) que presentó hace un par de días el INEGI, que el 99% de los hogares habitados en México cuenta con electricidad. Este estudio revela también que hay en todo el territorio nacional unos 226 millones de focos instalados en las casas de la gente. Igualmente se estiman en 43.5 millones el número de aparatos de televisión que funcionan (91.5% de las casas), en 23 millones las lavadoras (71% de los hogares) y en 22.2 millones de planchas (62% de las viviendas). Y a lo anterior hay que sumar más de 110 millones de celulares, unos 50 millones de computadoras y así podríamos seguir enlistando aparatos que requieren energía eléctrica para su funcionamiento.
Las cifras de la ENCEVI nos confirman que hoy en día la vida en nuestro país no podría reproducirse sin este tipo de energía. La misma está presente en la cotidianidad como elemento indispensable. De hecho gran parte de las actividades nodales de la sociedad no podrían tener lugar sin esta fuente de energía: la salud, la educación, la comunicación, el trabajo, entre otras. Es difícil pensar la vida sin focos, sin contactos para la televisión, la computadora, para cargar el celular, etc. Es tan omnipresente que por esa razón muchas veces pasa inadvertida; damos por descontada su presencia. Pero es necesario saber que, como en muchos otros rubros, México se encuentra integrado a mercados regionales de este tipo de energía: compra y vende la misma con sus vecinos, tanto del norte como del ser.
Y es que la energía eléctrica para el consumo cotidiano no puede almacenarse, se tiene que generar en la medida que se le demanda. En ese sentido, el año pasado nuestro país presentó su primer déficit en el comercio internacional de energía eléctrica desde 2002, de acuerdo con datos de la Secretaría de Economía. Es decir, compramos más de la que vendimos. México le compra energía eléctrica principalmente a los Estados Unidos, pero también a Guatemala. Y el año pasado les vendió a ambos y a Belice, pero las exportaciones sumaron 201 millones de dólares, mientras que las importaciones fueron por 250 millones.
Otro de los datos interesantes de la ENCEVI tiene que ver con la energía térmica que se consume en las viviendas: la mayor proporción se destina a la cocción/calentamiento de alimentos. El combustible principal de uso en las viviendas del país es el gas LP con 79%, le sigue el uso de leña o carbón con 11%, y el gas natural representa 7%. Hay en todo el país unos 14.6 millones de calentadores de agua (la mayoría utiliza gas aunque crece muy rápidamente el número de calentadores solares). Este tipo de energía ha acompañado al ser humano por más tiempo que la electricidad, pero el combustible para generarla sí ha cambiado y lo sigue haciendo. Cada vez se ocupa menos la leña y el carbón y está creciendo el aprovechamiento de la energía solar para calentar el agua, por ejemplo.
La forma en que hoy cada uno de nosotros obtiene la energía para poder vivir depende de la vida social. Prácticamente nadie puede generar por sí mismo todos los tipos de energía ya referidos, más bien depende de que haya instituciones, empresas, entidades de interés público que se encarguen de ello, ya sean públicas o privadas. En pocas palabras, la energía es controlada por la sociedad, por ese debe interesarnos a todos qué tanto producimos, compramos, vendemos, consumimos, en qué modos, de qué fuentes, para qué fines, etc. Es la cultura la que determina cómo producimos, controlamos y disipamos la energía. Y es evidente que el modelo de vida imperante en nuestro país y en el mundo tiene la característica de un consumo excesivo de energía. Para el caso específico de la energía eléctrica, la producción de la misma a nivel mundial depende del uso de carbón: el carbón es hoy en día responsable de casi la mitad de la generación eléctrica mundial. Es necesario recordar que el carbón es el combustible fósil más contaminante y que más contribuye al cambio climático en marcha, pero también es el que permite una energía eléctrica barata para alimentar ese enorme mercado de una sociedad hipertecnológica que requiere electricidad para todo.
Como siempre, los números nos ayudan a dimensionar las cosas; y eso es útil para tomar decisiones y emprender acciones (“según el sapo es la pedrada”). Las cifras proporcionadas por la ENCEVI nos ayudan a entender el tamaño del consumo de energía eléctrica en nuestro país y poder reflexionar sobre su sostenibilidad en el marco de una crisis global de energía y un evidente cambio climático.


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