Atenco, 20 años después

A dos décadas de Atenco, el episodio sigue operando como referencia política sobre el uso del poder frente al conflicto social y la defensa del territorio.
mayo 1, 2026
  • Atenco y la memoria
  • Justicia que no toca arriba
  • Norberto, el decorativo
  • ISSEMYM: el analgésico
  • Castañeda y la cloaca

Atenco y la memoria 

A veinte años de la Represión en San Salvador Atenco, no se conmemora un hecho, se activa una memoria política: la del Estado que, frente a la defensa del territorio, eligió disciplinar cuerpos antes que procesar conflicto. Ese gesto condensó la lógica del régimen prianista: autoridad vertical, control territorial y castigo como pedagogía. La transición no murió ahí, quedó expuesta. El episodio funcionó como marca simbólica de ilegitimidad que, con el tiempo, erosionó al Partido Revolucionario Institucional y al Partido Acción Nacional más allá de sus coyunturas. No explica por sí solo la alternancia, pero sí ayuda a entender por qué, cuando apareció una oferta que prometía ruptura —Movimiento Regeneración Nacional—, encontró una sociedad ya predispuesta a castigar al viejo régimen. Atenco no fue solo represión: fue el momento en que el poder perdió el monopolio de la legitimidad.

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Justicia que no toca arriba

Veinte años después, el caso no está cerrado: está contenido. Hubo reconocimientos, disculpas y algunas reparaciones; lo esencial sigue pendiente. Las víctimas sostienen la memoria y los procesos, mientras las decisiones de alto nivel nunca se tradujeron en responsabilidades. El patrón es claro: el Estado admite el daño, compensa en partes y evita que la responsabilidad escale. Atenco dejó de ser solo símbolo de represión para convertirse en prueba de otra constante: la justicia puede avanzar… sin llegar a donde empezó la orden.

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Norberto, el decorativo

Hay muebles que uno no recuerda haber comprado… pero ahí siguen, combinando con todo. Así Norberto Morales Poblete. No estorba, no luce, no hace ruido. Está. Y eso, en un gabinete donde ya volaron varios, empieza a parecer estrategia. Mientras unos se entusiasman, otros se equivocan y algunos se exhiben, Norberto aplica la vieja escuela: ni brillo que deslumbre, ni error que moleste. Una forma de vida. Porque al final, en política, hay quien llega para cambiar las cosas… y hay quien se queda para no moverlas. Y en ese arte, discreto pero eficaz, Norberto ya hizo carrera.

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ISSEMYM: el analgésico

El ISSEMYM vuelve a cerrar ciclo como esos pacientes que mejoran en el discurso y recaen en la realidad. Ignacio Salgado García se quería ir desde hace meses —y vaya que insistió— hasta que finalmente le concedieron el deseo con fecha primero de mayo. Lo curioso no es que se vaya, sino que nunca quedó claro a qué vino. Al instituto lo han querido curar con discursos y paliativos cuando lo que necesita es cirugía mayor. Nacho fue eso: un analgésico. Quitó el dolor en la superficie, pero la enfermedad siguió ahí, creciendo con paciencia burocrática. Y como en política nadie se va del todo, su salida no cancela nada: ni las cuentas pendientes ni las responsabilidades que, tarde o temprano, alguien tendrá que revisar.

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Castañeda y la cloaca

Hacía tiempo que en el Estado de México no aparecía un jefe policiaco con resultados medibles. Llegó Cristóbal Castañeda Camarillo, militar de carrera, y las cifras —esas ingratas que no opinan— empezaron a moverse. No es épica, es operación. Y justo ahí se descompone el ambiente. Porque meterle mano a la policía implica tocar intereses que viven del desorden: dentro, en los circuitos de renta; fuera, en quienes lucran con el caos. De ese caldo sale el ruido: críticas de ocasión, sospechas prefabricadas y una fauna de plumas que no investiga, sino que recicla chisme con pretensión moral. Periodismo de drenaje: huele fuerte, circula rápido y sirve para lo que sirve. A Castañeda lo van a querer bajar por la vía del escándalo; él tendrá que sostenerse por la única que cuenta: resultados. Y ahí, donde no alcanza el adjetivo, empieza la discusión incómoda.

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