Tres años del gran viraje mexiquense

A tres años de la alternancia, el triunfo de Delfina Gómez sigue representando la ruptura con un régimen que gobernó el Estado de México durante casi un siglo.
junio 1, 2026

Tres años del gran viraje mexiquense

Este junio se cumplen tres años de la decisión correcta que tomaron millones de mexiquenses al sacar del poder a un PRI convertido ya no en partido popular, sino en una maquinaria conservadora alejada de la realidad social del estado. Después de 94 años de dominio, el viejo régimen terminó defendiendo privilegios, burocracias y élites mientras el Edomex acumulaba pobreza, violencia, desigualdad y abandono urbano. Por eso la victoria de Delfina Gómez tuvo una dimensión histórica: no sólo significó el arribo de la primera mujer a la gubernatura, sino la irrupción democrática de sectores populares que durante décadas fueron utilizados electoralmente, pero jamás incorporados realmente al poder. Aquel 2023 la gente no sólo votó por un cambio de gobierno; votó por cerrar una época. Y eso, en términos históricos, ya nadie podrá borrarlo.

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Delfina Gómez llegó al gobierno con más de 3 millones 356 mil votos, el mandato popular más grande que haya recibido un gobernador mexiquense en la historia reciente. Ese respaldo no sólo le dio el triunfo; le otorgó legitimidad democrática para impulsar los cambios estructurales que durante décadas fueron pospuestos por un régimen cómodo con la desigualdad y la administración del atraso. El Estado de México tiene todo para convertirse en una entidad punta: ubicación estratégica, fuerza económica, infraestructura, industria y uno de los bonos demográficos más importantes del país. Por eso resultan tan pequeños esos adversarios consumidos por la mezquindad, el resentimiento o la nostalgia del privilegio perdido. Mientras ellos apuestan al fracaso, la maestra sigue teniendo de su lado lo más importante en democracia: millones de ciudadanos que decidieron confiar en un nuevo rumbo para el estado.

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El cambio apenas va a la mitad

El gobierno de Delfina Gómez apenas se acerca a su tercer año y, aun así, ha hecho más que varios sexenios completos del viejo régimen que administró durante décadas el atraso social del estado como si fuera paisaje natural. Desmontar estructuras de poder construidas durante casi un siglo no es sencillo ni rápido; implica enfrentar inercias burocráticas, redes de intereses y resistencias incrustadas en todos los niveles del aparato público. Pero el proceso está en marcha y la gente lo percibe. Hoy el Estado de México respira distinto, conversa distinto y políticamente ya no se comporta como territorio resignado a obedecer a los mismos grupos de siempre. Por eso la aprobación de la maestra crece: porque millones de ciudadanos sienten, quizá por primera vez en mucho tiempo, que el gobierno dejó de mirar únicamente hacia arriba y comenzó a mirar hacia abajo, donde vive la mayoría de la gente.

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La fuerza de no parecerse al poder

Hay algo en Delfina Gómez que sus adversarios no han logrado descifrar: el poder no la convirtió en otra persona. Sigue viviendo en la misma casa que su padre levantó con sus propias manos, conserva sus rutinas sencillas, sus gatos, sus vueltas al mercado y una relación con la vida cotidiana que contrasta brutalmente con esa vieja clase política que necesitaba del lujo y la parafernalia para sentirse importante. No hay delirios de grandeza ni obsesión por aparentar riqueza. Y eso, en términos políticos y humanos, tiene enorme valor simbólico. La academia lo definiría como coherencia entre origen, conducta y representación social; Bourdieu hablaría de capital simbólico y Weber de legitimidad moral. La gente, mucho más simple y mucho más sabia, apenas lo resume así: la maestra no se mareó. Y en un estado donde tantos gobernantes confundieron el servicio público con la acumulación personal, esa sobriedad termina convirtiéndose en una forma silenciosa, pero poderosa, de autoridad.

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Paco Vázquez y el oficio de resistir

En política casi todos quieren los reflectores, pero pocos aceptan el costo de ponerse enfrente para recibir los golpes. Paco Vázquez parece haber entendido perfectamente ese viejo oficio del poder: resistir, aguantar presión y subirse al ring cuando hace falta proteger políticamente al proyecto que representa. Por eso no se esconde, no se victimiza y tampoco parece demasiado preocupado por el desgaste cotidiano. Sabe perfectamente quién le pega, desde dónde y por qué intereses. Y acaso por eso hasta cierto orgullo le produce convertirse en blanco de quienes todavía no terminan de aceptar el cambio político mexiquense. Paco opera como uno de los hombres más leales al delfinismo y en tiempos donde la lealtad suele durar menos que una encuesta favorable, eso ya dice bastante. Porque en política hay quienes acompañan el poder mientras reparte beneficios y quienes permanecen cuando llegan las embestidas. Y Paco, para bien o para mal, decidió estar en el segundo grupo.

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