La privatización del poder en Metepec y Huixquilucan

Fernando Flores ya levantó la mano de Iraí Albarrán para sucederlo en Metepec. Enrique Vargas anuncia su regreso a Huixquilucan tras el paso de Romina Contreras por la alcaldía.
junio 2, 2026

■ Monsiváis tenía razón
■ Metepec no es herencia
■ Huixquilucan, el precedente
■ Los pueblos detrás del decorado
■ La criatura que alimentan

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Monsiváis tenía razón

“La derecha actual es la mejor concebible. Es estúpida, arrogante, atrasada y represiva. Entonces, es la mejor concebible porque reúne todos los requisitos del modelo”. Han pasado casi treinta años desde que Carlos Monsiváis escribió aquella sentencia y sigue conservando la precisión de una profecía. La derecha mexicana cambia de logotipos, de candidatos y de colores, pero rara vez modifica su naturaleza. Habla de libertad mientras concentra privilegios. Invoca la meritocracia mientras reparte posiciones entre los suyos. Defiende la competencia siempre y cuando no amenace sus intereses. En el Estado de México esa vieja pulsión vuelve a mostrarse con toda claridad. No en los discursos. En los hechos. Allí donde el poder deja de entenderse como representación ciudadana y comienza a administrarse como patrimonio privado.

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Metepec no es herencia

El fin de semana Fernando Flores dejó claro lo que desde hace meses se cocinaba en voz baja y ahora se proclama a micrófono abierto. Iraí Albarrán es la apuesta para sucederlo en la presidencia municipal de Metepec. Mientras tanto, él prepara su propia ruta hacia el Congreso. No hay misterio. No hay equívoco. No hay especulación. Lo dijeron ellos mismos. Lo preocupante no es la aspiración legítima de una pareja a participar en política. Lo preocupante es la naturalidad con la que se pretende presentar como normal que un gobierno municipal cambie de manos sin salir del mismo círculo doméstico. Metepec no es una empresa familiar. No es una concesión. No es una propiedad que pueda transmitirse de una oficina a otra dentro de la misma casa.

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Huixquilucan, el precedente

Lo ocurrido en Metepec tiene antecedente. Se llama Huixquilucan. Enrique Vargas gobernó el municipio, después lo hizo Romina Contreras y ahora Vargas anuncia abiertamente su intención de regresar a la alcaldía. El mecanismo es conocido. La familia no abandona el poder; simplemente rota dentro de él. Cambian los cargos, cambian los membretes, cambian las oficinas. Lo que permanece es el control político. Durante años la derecha criticó los cacicazgos, los grupos hegemónicos y las estructuras cerradas. Ahora reproduce exactamente aquello que decía combatir. Con una diferencia: lo hace envuelto en lenguaje empresarial, campañas de marketing y fotografías cuidadosamente producidas para redes sociales. El viejo patrimonialismo con empaque de centro comercial.

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Los pueblos detrás del decorado

Quizá por eso el fenómeno encuentra terreno fértil en municipios como Metepec y Huixquilucan. Son territorios donde el desarrollo suele confundirse con el paisaje. Plazas comerciales, fraccionamientos exclusivos, edificios corporativos, restaurantes y vialidades impecables alimentan una narrativa de éxito permanente. Pero detrás del decorado siguen existiendo pueblos originarios, colonias populares, trabajadores mal pagados y familias que apenas alcanzan a mirar desde lejos la prosperidad que se exhibe en espectaculares y campañas institucionales. La política del escaparate tiene una enorme virtud: distrae. Convence a muchos de admirar las fachadas mientras otros consolidan estructuras de poder cada vez más cerradas. El ciudadano termina creyendo que vive en una historia de éxito cuando en realidad participa en una operación de concentración política.

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La criatura que alimentan

La pregunta final no es para Fernando Flores ni para Enrique Vargas. Es para Morena. Es para la Cuarta Transformación. ¿Cómo explicar tanta mansedumbre frente a proyectos políticos que crecen prácticamente frente a sus narices? Porque el problema no son dos alcaldes ni dos familias. El problema es el modelo político que representan. En distintas partes del mundo la derecha contemporánea ha aprendido a construir liderazgos basados en el desprestigio de la política, el culto a la personalidad, la simplificación de problemas complejos y la explotación sistemática del desencanto social. Quienes hoy minimizan, toleran o incluso pactan con esos fenómenos locales deberían recordar una vieja lección de la historia: las criaturas políticas más peligrosas rara vez nacen solas. Casi siempre son alimentadas por quienes creen poder controlarlas. Y cuando finalmente crecen, ya es demasiado tarde para reclamar que nadie vio venir lo evidente.

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