Los hospitales públicos tienen un sonido propio.
No es solamente el de las ambulancias, los monitores cardíacos o las camillas golpeando puertas metálicas a las tres de la mañana. Es otro. Más profundo. El sonido del cansancio. El de las familias esperando afuera con cobijas. El del médico que lleva veinte horas despierto. El de una madre que pregunta si ya salió el medicamento. El del vigilante que aprendió a convivir con el dolor ajeno hasta volverlo rutina.
En el Estado de México, ese sonido atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas.
Transición al modelo IMSS-Bienestar. Saturación hospitalaria. Falta de personal. Desabasto recurrente. Infraestructura deteriorada. Y una ciudadanía que durante años aprendió a desconfiar del sistema público de salud.
En medio de esa turbulencia, Celina Castañeda de la Lanza asumió la Secretaría de Salud mexiquense.
La imagen es inevitable: subir a un tren en movimiento, a mitad de trayecto y con millones de pasajeros exigiendo llegar vivos.

“No debería representar ninguna diferencia”
La secretaria habla pausado. Mide conceptos. Piensa antes de responder. No parece una política tradicional; parece más una médica acostumbrada a explicar diagnósticos complejos a familiares angustiados.
La conversación arrancó con la pregunta más incómoda:
¿La salud pública mexiquense hoy está mejor que en 2023?
Castañeda respondió desde la lógica de la transición. Explicó que el sistema vive un cambio administrativo profundo derivado de la federalización hacia IMSS-Bienestar. Hospitales, inmuebles, personal y operación hospitalaria fueron transferidos a la federación.
En términos prácticos, dijo, el usuario no debería notar diferencia alguna.
“No le debería representar ninguna diferencia”, sostuvo.
Pero sí la hay. Y no sólo administrativa.
El sistema más grande del país… y aun así insuficiente
El Estado de México tiene uno de los sistemas públicos de salud más grandes de América Latina.
Más de 1,245 unidades médicas transferidas, cerca de 45 mil trabajadores, de los cuales más de 21 mil fueron basificados durante esta transición.
La dimensión es gigantesca.
Pero también insuficiente.
“Sí, el sistema está rebasado”, admitió la secretaria al hablar de accidentes masivos, enfermedades crónicas y presión hospitalaria constante.
El problema no es solamente médico. Es demográfico.
Un estado con casi 20 millones de habitantes exige una capacidad de respuesta equivalente a la de países completos. Y aun así, millones de personas llegan todos los días a urgencias esperando atención inmediata porque para ellos el dolor no admite listas de espera.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones contemporáneas: el sistema público es criticado permanentemente… pero sigue sosteniendo a la mayoría.

“Tenemos enfermedades caras del primer mundo”
Uno de los momentos más lúcidos de la entrevista llegó cuando Castañeda habló de la paradoja epidemiológica mexicana.
“Aunque económicamente no somos un país desarrollado, epidemiológicamente sí tenemos enfermedades caras del primer mundo”, dijo al referirse a diabetes, hipertensión, cáncer y enfermedad renal crónica.
El comentario explica buena parte del colapso silencioso que vive el sistema sanitario nacional.
México envejeció, enfermó y urbanizó sus hábitos alimenticios demasiado rápido. El resultado es una epidemia crónica permanente que consume presupuesto, infraestructura y personal médico.
La secretaria insiste en que el enfoque debe cambiar: menos hemodiálisis y más prevención; menos atención tardía y más educación sanitaria.
Pero eso implica algo más complejo que construir hospitales: transformar hábitos culturales enteros.

Burnout: médicos cansados de ver dolor
Hubo un instante particularmente humano en la conversación.
Cuando se le preguntó por qué muchas veces el personal hospitalario parece indiferente frente al sufrimiento de los pacientes, la secretaria respondió con dos conceptos poco comunes en el discurso burocrático:
burnout y fatiga por compasión.
Explicó que médicos, enfermeras, vigilantes y trabajadores sociales viven expuestos permanentemente al dolor, la angustia y la muerte.
Y que después de años viendo tragedias todos los días, muchos terminan emocionalmente agotados.
No justificó el maltrato. Pero sí intentó explicarlo.
“Tenemos que invertir más en capacitación y en atender también al personal”, sostuvo.
La frase revela algo importante: los hospitales no solamente curan enfermos; también desgastan lentamente a quienes intentan salvarlos.

La gente afuera de los hospitales
Hay imágenes que resumen mejor un sistema que cualquier estadística.
Familias enteras durmiendo afuera del López Mateos. Madres improvisando campamentos en el Hospital del Niño. Personas pasando la noche sobre banquetas porque temen que, si se van, su familiar muera solo.
Castañeda reconoció el problema y ofreció una explicación sencilla:
“La gente está afuera porque no tiene información.”
La secretaria considera que una comunicación más clara y constante podría reducir esa incertidumbre que obliga a miles de personas a vivir prácticamente afuera de los hospitales.
La reflexión es poderosa porque desplaza la discusión de la infraestructura al terreno de la confianza.
Los sistemas públicos funcionan no sólo cuando tienen camas o medicamentos. Funcionan cuando la sociedad cree en ellos.
Y en México, esa confianza fue erosionándose durante décadas.
El fantasma neoliberal
La conversación inevitablemente llegó al debate ideológico.
¿Cómo enfrentar la idea cultural de que todo lo público es malo y todo lo privado necesariamente mejor?
Castañeda respondió con una paradoja: muchos de los mejores médicos del país se forman precisamente en instituciones públicas. Cancerología. Nutrición. Pediatría. Los grandes institutos nacionales.
“El prestigio está ligado a las personas”, explicó.
Luego defendió la lógica de un sistema único de salud capaz de reducir desigualdades entre quienes podían acceder a servicios de alta calidad y quienes históricamente quedaron excluidos.
La apuesta es enorme.
Unificar un sistema fragmentado durante décadas. Digitalizar expedientes. Compartir información clínica entre estados. Garantizar acceso universal.
No ocurrirá rápido. Ella misma admite que quizá ni siquiera alcance el actual sexenio para consolidarlo completamente.

Los hospitales abandonados
La entrevista cerró con uno de los temas más sensibles para el Estado de México: los hospitales abandonados.
Esos edificios convertidos en monumentos a la corrupción, la improvisación o el fracaso administrativo.
La secretaria aseguró que varios proyectos serán recuperados antes de que termine el gobierno: el oncológico de Ecatepec, hospitales en Zinacantepec, Temoaya y otras regiones mexiquenses.
La promesa no es menor.
Porque en un país donde millones de personas esperan atención médica, un hospital abandonado siempre es algo más que concreto desperdiciado. Es una metáfora política.

El verdadero reto
La conversación dejó una impresión clara: Celina Castañeda no niega los problemas. Tampoco vende milagros.
Reconoce saturación, desgaste, rezagos y resistencia social frente al cambio. Pero insiste en algo que parece casi una declaración de fe contemporánea:
“La salud pública sí puede funcionar.”
Quizá ahí esté el verdadero fondo de esta discusión.
No solamente en medicamentos, quirófanos o presupuestos.
Sino en decidir si como sociedad todavía creemos que lo público merece salvarse.
Porque cuando un sistema de salud colapsa, no se derrumba solamente una institución. Se rompe la última red que separa a millones de personas de la absoluta intemperie. La entrevista completa puede verse en el canal oficial de AD Noticias:



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