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La mentalidad explotadora

Las condiciones afables que permitieron el florecimiento de la humanidad en el planeta están cambiando

Un tópico que se ha vuelto recurrente en mis colaboraciones en este espacio es la mutación climática que vive el planeta. Ya hemos mencionado el sobregiro ecológico, las señales del calentamiento global, el acelerado ritmo de extinción de miles de especies, la crisis hídrica, entre otras rutas en curso. Hemos incluso mencionado cómo es que la actual pandemia de coronavirus (la más grave en un siglo) tiene muy probablemente su causa en el “efecto dilución”, que ha sido trastocado por la alteración de equilibrios en los ecosistemas, dada la actividad humana. Si ello resultara cierto, vendrán muchas pandemias más.

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Tratar todos estos temas me parece una obligación. Básicamente nos hemos sumado a los llamados de atención que numerosos científicos están haciendo para tomar acciones inmediatas de cara a la mutación del clima. Está cada vez más claro que las condiciones afables que permitieron el florecimiento de la humanidad en el planeta están cambiando. El antropoceno ha comenzado a declinar. Ya no hay duda de que se ha incrementado la temperatura del planeta, que se están derritiendo los glaciares, que los fenómenos atmosféricos aún deparan muchas sorpresas (nevadas en Brasil, calor abrazador en Canadá, Inundaciones históricas en Alemania, etc.) y que, en consecuencia, la vida como la hemos acostumbrado a vivir tendrá que modificarse.

En palabras de la científica Kimberly Nicholas, tenemos que preguntarnos cómo debemos ser en un mundo en calentamiento. Dicho de otra manera, ser humano hoy en día pasa por la imperiosa necesidad de ajustar nuestra forma de vivir (y convivir) al proceso de calentamiento que experiemnta nuestro planeta. En su libro de reciente aparición, Under the Sky We Make: How to Be Human in a Warming World Nicholas señala como causa fundamental de muchos de estos problemas la “mentalidad de explotación”. Esa forma de pensar se genera a partir de la creencia errónea de que los humanos son superiores al resto de las formas de vida y que deberían dominar la naturaleza.

No es posible conservar todo, hay cosas que deben sacrificarse para disminuir nuestra huella de carbono. 

Sobre esta creencia es que la historia de la humanidad puede ser vista como la historia de las infinitas formas de explotación del entorno. Para comer, para vestir, para habitar, para transportarse se han creado condiciones ambientales en las que algunas especies son prohijadas y otras aniquiladas. Pero también, por mera diversión o gustos extraños, se han arrasado bosques y selvas, se han cazado todo tipo de especies, se han extraído infinidad de elementos de sus sitios, desde metales hasta hidrocarburos, pasando por agua, fibras, etc.

En el mencionado texto de reciente publicación se comenta que es muy frecuente señalar sólo la culpabilidad de empresas y gobiernos en esta crisis climática, pero se pasa por alto todos esos pequeños actos cotidianos de parte de cada uno de nosotros que suman en la ruta del “apocalipsis climático”. Comer carne o no, subirse a un avión o no, transportarse en bicicleta o no, cambiar de celular cada año o no, dejar la luz prendida o el grifo abierto más de lo necesario son pequeños ejemplos de nuestro aporte o descuento en ese proceso.

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Hemos llegado al punto en el que lo primero es reconocer que no hay posibilidad de retorno; con todo y las resistencias que puedan presentar la industria de los hidrocarburos o de los alimentos, la mutación climática está en curso y algo se tiene que hacer. No se puede esperar que lo hagan los grandes intereses económicos o los gobiernos. Va a ser muy difícil intentarlo por ahí. La ruta por la que se puede avanzar es la agencia de cada uno de nosotros: la capacidad de decidir a nivel personal lo que voy a cambiar de mis hábitos.

Dice Nicholas: “hay que asumir que no será posible conservar todo lo que amamos”, todo lo que hemos aprendido a querer: un viaje en avión, un tipo de bebida o comida, un tipo de ropa. No es posible conservar todo, hay cosas que deben sacrificarse para disminuir nuestra huella de carbono. 

Esta científica pertenece a un equipo de investigadores que fueron duramente criticados por señalar que elegir no tener un hijo adicional podría reducir drásticamente la contribución de una persona al calentamiento global. Pero es el tipo de decisiones que pueden, a un mismo tiempo, doler y alentar, en la medida que reflejan una comprensión profunda de que “nadie nos entregará el poder, tenemos que aprovecharlo por nosotros mismos”, dijo en una reciente entrevista publicada en Science en la que remata –y creo que mucha razón- que debemos cambiar las mentes y los corazones si se quiere virar el curso de las cosas.