Toluca, México; 16 de julio de 2018. Nicaragua experimenta una de las crisis más severas en la historia moderna del país y está en riesgo de padecer un conflicto aún más violento, luego de que las protestas contra las reformas de asistencia social del presidente Daniel Ortega hayan tomado un giro que asemeja más a la dictadura de Anastasio Somoza antes que a un república democrática presidencialista. La represión gubernamental ha cobrado, hasta el momento, la vida de más de 300 personas y es probable que la cifra vaya en aumento.
A casi tres meses desde la primer manifestación y de que murieran los primeros nicaragüenses a manos de las fuerzas del Estado, el presidente Daniel Ortega ha sido calificado como un antiguo ícono revolucionario que ha perdido contacto con la gente que representa, por la que alguna vez lucho, y que se ha convertido en un mandatario tan represor como, ahora, genocida.
Por otro lado, en medios internacionales se ha señalado con sorpresa que, a pesar de los faux pas políticos y algunas otras periferias turbias en su vida personal, las reformas de Ortega en materia de inversión empresarial han permitido un crecimiento económico de más del 5 por ciento anual desde 2011 y el incremento del turismo en el país, razón por la que se ha comentado que “es impresionante cómo un país con un crecimiento económico estable, que invierte en salud, educación, programas sociales e infraestructura haya pasado así de rápido a hundirse en tanta violencia “, misma que ha sido, desde el comienzo, unilateral.

El presidente del pueblo
Daniel Ortega ascendió al poder cuando los Sandinistas, la izquierda del país, derrocaron al dictador Anastasio Somoza en 1979, sin embargo en 1990 fue destituido cuando el desarrollo no encontraba forma de despegar. No obstante, en 2006 Ortega tuvo una segunda oportunidad y en este segundo momento al mando de Nicaragua estableció relaciones con la Iglesia Católica (con las que se prohibieron las iniciativas del aborto, por ejemplo) y con diversos líderes empresariales, a quienes la guerrilla Marxista prometió recortes a los impuestos.
Hasta este momento, Ortega había gozado de un alto índice de aprobación entre la gente habiendo reducido los niveles de delincuencia, consolidando un crecimiento económico estable y combatiendo la pobreza a través de programas sociales que beneficiaron mayormente al país, uno de los más pobres en la región centroamericana. Pero, con el colapso de la economía venezolana, el mayor aliado de Nicaragua, se descubrió la fragilidad de Ortega, quien comenzó a ser señalado por actos de corrupción y por hacer de su administración un régimen autoritario.

El régimen de un dictador
En 2008, Ortega eliminó el período de funciones al frente de las instituciones y desde entonces las elecciones en Nicaragua se han desarrollado en medio de numerosas irregularidades. Se obstaculizó el camino de la oposición y Ortega se encargó de eliminar rivales internos en potencia. Su esposa, Rosario Murillo, es la vicepresidenta y, de este modo, con el tiempo la popularidad del presidente nicaragüense pasó a convertirse en infamia y los manifestantes, recordando una dinastía anterior, comenzaron a cantar que "Ortega y Somoza son lo mismo".
Daniel Ortega adoptó rápidamente una política que primero provocó disturbios: cambios en la seguridad social requerían más impuestos y ofrecían salarios más bajos, circunstancia que llevó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a supervisara la situación. En la actualidad, pocos creen que renunciará voluntariamente y si lo hace le cederá el poder a su esposa, cuyo abuso contra los manifestantes ha producido más ira entre los ciudadanos. Sumado a esto, el temor a ser procesados por la muerte de cientos de personas durante las protestas probablemente sólo endurecerá su posición.
Aunque Murillo ha llamado al diálogo, mismo que ha sido suspendido al menos una vez luego de que las fuerzas del Estado abrieran fuego contra manifestantes durante una protesta el Día de las Madres, resulta complicado anticipar que Ortega cumpla con alguna de las promesas que ha pronunciado al respecto de controlar la situación. Miembros de la Iglesia, institución que en algún momento fue su aliada, condenó los hechos por la “violencia inhumana” y se miran menos interesados en continuar sus vínculos con el régimen orteguista.
Mientras Nicaragua exige unas elecciones tempranas, proceso que se mira difícil de concretar y que necesitaría intervención global para asegurar su legitimidad, las alternativas lucen mucho peores. Algunos temen que se produzca un caos para disuadir a la gente de protestar o para justificar una represión más amplia, que podría erradicar a la oposición o empujarla hacia una insurgencia violenta. Por su parte, la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos ya han llamado al diálogo, mientras los jóvenes que se han convertido en el rostro de la resistencia han atraído los reflectores al encarar a un presidente cuyo régimen está reprobado.

Los rostros de la oposición
Con sus rostros en medios de comunicación concentrando todo el contexto de un país a ojos internacionales, las vidas de Valeska Valle, de 22 años, Douglas Costa, de 30, y de Lesther Alemán, de 20, han dado un giro radical con el que pasaron de ser simples estudiantes a ser las caras de la resistencia, a costa de todo lo que les rodea e incluso su familia. “La mayoría de mis hermanos me han dado la espalda”, dice Valle, estudiante de Contabilidad y oriunda de Masaya, un bastión sandinista que actualmente es uno de los puntos fuertes de la resistencia. “De mis siete hermanos y hermanas, cinco me dijeron que sería mejor que dijera que era hija única. Aquí la mayoría hemos sido rechazados por nuestras familias”.
Douglas Costa, profesor de Economía, se sumó a la insurrección sacrificando una oferta para estudiar en el Centro Latinoamericano del St. Anthony’s College, en Oxford, Inglaterra, oportunidad que hizo a un lado para contribuir al derrocamiento del presidente Ortega. Al respecto, Costa ha declarado que “Oxford tiene que esperar. Aquí estoy aprendiendo más”.
Por otro lado, la vida que más ha cambiado es la del joven Lesther Alemán, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana de Managua, quien durante el diálogo nacional del 16 de mayo encaró a Ortega y dirigió un discurso cuyo video ha dado la vuelta al mundo, hecho que le dio notoriedad instantánea. En su turno a la palabra, Alemán ordenó a Ortega que se rindiera y agregó que “¡No podemos dialogar con un asesino porque lo que ha sucedido aquí es un genocidio!”.
Sumados a ellos también se encuentran Jessica Cisneros y Yerling Aguilar, quienes están visitando a diversos países de la Unión Europea para contar su historia y conseguir presión internacional contra el Gobierno. Denuncian la violencia del régimen orteguista, que “dispara al corazón y a la cabeza”, literal y figurativamente, y también han traído a la luz la existencia de un cuarto de tortura en “El Chipote”, la cárcel a la que son transferidos los insurreccionistas, y que data desde los tiempos de Somoza.
Con esta caravana informativa, Cisneros y Aguilar han expresado escepticismo respecto a las promesas del sandinista de 72 años y a la intervención de las instituciones, entre ellas la Iglesia, y no creen que ninguna de las declaraciones de apertura al diálogo por parte del presidente vayan a repercutir positivamente ni en corto ni en largo plazo.

Un país en pausa
El jueves 12 de julio, Nicaragua entró oficialmente en paro, aunque la gente dejó de asistir a la escuela o al trabajo desde que comenzaron las revueltas. Con las calles como zona de guerra, con barricadas y civiles protegidos con lo que pueden encontrar, las avenidas de Managua lucen ominosamente vacías. “El paro en el país no sólo se produjo el jueves, venía produciéndose porque en las ciudades de mayor represión parapolicial ya se habían organizado en barricadas, de alguna manera esas ciudades ya estaban paradas”, dice Aguilera.
Añade que en la calle hay desconfianza con relación al diálogo de Ortega, pues hasta ahora su respuesta ha sido violentar aún más a los ciudadanos y el Gobierno no ha operado con una dirección hacia el cese y al restablecimiento de paz. “Al no asumir estas condiciones, el Gobierno nos dice que no hay ninguna intención de dialogar y que lo que intenta es prolongar todo este sistema de represión par que la gente se canse y se desmovilice”, añaden las activistas en gira.
Mientras, los medios locales publicaron que Ortega comunicó a un delegado del Senado estadounidense que estaría dispuesto a adelantar el proceso electoral, pero no a abandonar el poder. La mesa de diálogo, establecida desde el 16 de mayo, no ha contado con la participación del sandinista desde que fue llamado “asesino” por Alemán; en su lugar, en la silla que le corresponde toma asiento el canciller Denis Moncada.
Al tiempo en que Nicaragua vive congelada, Murillo, la a veces esposa, a veces portavoz y a veces vicepresidente, ha comunicado que “estamos confirmando, ratificando a nuestro pueblo y a las queridas familias de Nicaragua, que ahí estará la delegación del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, presidida por el compañero canciller Denis Moncada”.
Por su parte, la caravana ya ha visitado Suecia, Bélgica, Francia, Holanda, Alemania y España, donde han relatado la historia de Nicaragua, su gente y su crisis. En esta historia, relatan al diario español El Diario, “cuando cae la noche, la gente teme ser secuestrada o asesinada”.



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