No hay institución pública con mayor tradición liberal en el Estado de México que la UAEM, heredera de las glorias del Instituto Científico y Literario. José María Luis Mora, Andrés Molina Enríquez, José Vasconcelos, Gustavo Baz, Horacio Zúñiga, Daniel Cosío Villegas y Adolfo López Mateos, Ignacio Ramírez el Nigromante, el general Felipe Berriozábal y el pintor Felipe S. Gutiérrez, Ignacio Manuel Altamirano y Felipe Sánchez Solís, están en su historia entre otros muchos portentos. Origen es destino, en su catadura está el talante, la Universidad no puede tener otra postura que no sea la progresista. La embestida que el ala conservadora ha desatado en su contra a propósito de su posición frente al matrimonio igualitario, lejos de desprestigiarla la honran.
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Pocos, quizá menos de los que estarían obligados a saberlo, conocen los orígenes del sacerdote Alejandro Solalinde, hoy una de la figuras mas notorias de la Iglesia católica en defensa de los derechos humanos a través de su caritativa y carismática obra el Albergue de Migrantes “Hermanos en el Camino”. Solalinde nació en Texcoco y se formó académicamente en la UAEM donde se licenció en Historia y fue ordenado presbítero por el obispo de Toluca, Arturo Vélez. Solalinde es uno de esos paradigmáticos casos que comprueban la posibilidad de coexistencia de fe y ciencia. Por supuesto que su trayectoria es inobjetable en meritos para el Nobel de la Paz, no desmerece con ninguno de los 16 latinoamericanos que antes han logrado ese reconocimiento.
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Para conocer un poco mas a Solalinde es muy recomendable dar una leída al texto de Emiliano Ruiz Parra publicado en GATOPARDO, magistral semblanza de la que dejamos aquí una probadita:
“Alejandro Solalinde se toma un capuchino de treinta pesos y deja cincuenta de propina. Posee cinco camisas blancas de cuello Mao y dos guayaberas en su ropero, que él mismo lava y plancha. No tiene trajes, pero la blancura de su ropa basta para transmitir pulcritud y aliño. Su reloj cuesta ciento cincuenta pesos (Casio Illuminator), y no ha entrado a la generación de sacerdotes de BlackBerry, iPhone y iPad, aunque sí gasta pequeñas fortunas en tarjetas de prepago para sus teléfonos celulares, a donde lo llama la prensa nacional e internacional. Duerme en una hamaca dentro de un cuartito atiborrado de ropa, mochilas y libros de sus colaboradores, pero suele ceder ese espacio y tira un colchón en el patio donde pernocta rodeado de sus guardaespaldas. Si un migrante llega al albergue con los pies destrozados, él mismo va a la zapatería a comprarle un par de zapatos idénticos a los suyos. No tiene escritorio, ni secretaria, ni oficina. Recibe a la gente en una salita debajo de un techo de palma, y resulta imposible sostener una conversación con él sin que lo interrumpan cada dos minutos para pedirle jabón, papel sanitario, dinero, un vaso de agua. Se baña a jicarazos en un bañito que comparte con los voluntarios del albergue y usa un excusado que se desagua a cubetazos. Si entre los donativos del mercado de Juchitán llega una sandía, se la comerá sonriente aunque esté podrida. Lo cuidan cuatro policías estatales del gobierno de Oaxaca que aceptó hasta que Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón, se lo pidió personalmente, pero no hay viáticos para que lo sigan en sus continuos viajes, así que a partir de la central de autobuses de Ciudad Ixtepec, un pueblito de veinticinco mil habitantes enclavado en el estado de Oaxaca, al sureste de México, vuelve a ser oveja para los lobos. Carga su ropa en una maleta rota y de ínfima calidad, que ha perdido el asa y las rueditas, y que deja al alcance de cualquier mano su toalla amarilla”.
El texto completo puede ser leído en http://www.gatopardo.com/reportajes/solalinde/
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A propósito del debate entre liberales y conservador en torno a la aprobación legal o no de los matrimonios gay, muchos se preguntan ¿y la masonería? Las logias locales han callado frente a un tema tan relevante. Ya nada es igual, que pena.


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