En marzo de 1942, el presidente de la república, Manuel Ávila Camacho, por consejo de Miguel Alemán, su secretario de Gobernación, imponía en la gubernatura al carrancista Isidro Fabela, acto que podría considerarse fundacional del legendario Grupo Atlacomulco. Hoy, 75 años después, la opinión mayoritaria es que, desde Los Pinos, Enrique Peña ha impuesto a su primo Alfredo del Mazo Maza como gobernador electo para continuar, a partir de septiembre, la dinastía que ha controlado por generaciones al Estado de México.
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En 1942, el ascenso de Fabela fue convulso, traumático, tras el asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán. Sí, efectivamente, fue un hecho de sangre lo que abrió la puerta de la gubernatura al excanciller de Venustiano Carranza y notable intelectual nacido en Atlacomulco, quien posteriormente –en 1945– heredaría el cargo a su paisano, amigo, tesorero y secretario de Gobierno, Alfredo del Mazo Vélez, quien ya sentado en la gubernatura fue clave para que Miguel Alemán llegará a la presidencia de la república, pagando así el favor que él había hecho antes al fabelismo.
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El ascenso de Alfredo del Mazo Maza está siendo tanto o más complicado que el del patriarca Fabela o el del abuelo Del Mazo Vélez: nunca desde entonces el proceso de acceso al poder estatal de algún miembro del Grupo Atlacomulco había sido tan difícil, sinuoso, con tanta resistencia popular y de las elites políticas. Pese a que su primo, el presidente de la república, invierte parte de su capital político para limpiarle el camino de obstáculos legales, el joven Alfredo camina todavía sobre la cuerda floja y no puede cantar victoria, aunque con la entrega de su constancia de mayoría ha dado un gran paso.
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Para Peña es fundamental sentar a su primo en la gubernatura; en ello le va el futuro político, su seguridad jurídica y la tranquilidad personal. Con Del Mazo en la gubernatura, Peña tendrá un asidero, alguien que lo defienda si el PRI pierde la presidencia en 2018 –y ante el riesgo real de convertirse en el primer expresidente procesado por actos de corrupción–. Más que un capricho personal, lo de Del Mazo es un asunto de supervivencia.
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Hay mucho de teatralidad en esas posturas políticas estridentes de los partidos políticos dizque para oponerse a que Alfredo asuma el cargo de gobernador. Es coreografía para taparle el ojo al macho, para guardar las apariencias de cara a las elecciones del año que entra, para engañar a los cándidos electores. PAN y PRD colaboraron abiertamente para que el PRI y su candidato tuvieran mayoría de votos en junio pasado. Morena ha hecho una fatal defensa política y jurídica del voto antes, durante y después de las elecciones. Su estrategia ha sido propagandística. Como que muchas ganas de vencer no tenían; parece que el mejor escenario era la derrota, la victimización para preparar el camino a 2018.
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Si no hubiera sido así, entonces por qué no colocó a un mejor candidato que la respetable maestra Delfina, poco carismática y con severas dificultades para comunicar. Por qué entregar la candidatura, la campaña y el partido a personajes tan turbios como Higinio Martínez y sus contlapaches del GAP que, convenencieramente, han ido de la izquierda radical a la izquierda colaboracionista, y que se han columpiado del PMT al PRD, a Convergencia y, ahora, a Morena.


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