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Tlalcilalcalpan: la perseverante lucha otomí por la autonomía

La pandemia no detiene la exigencia del reconocimiento de su municipio, ni su lucha por defender el bosque y el agua

La pandemia golpea severamente a la comunidad de San Francisco Tlalcilalcalpan, pero aún así sus pobladores se congregan lentamente con la sonrisa detrás de los cubrebocas. No se reúnen para comprar, hacer fiesta o distraerse, son los problemas de la división de su territorio que traen consigo conflictos agrarios, de servicios y del uso de los recursos naturales, es por eso que dan el paso de salir de sus hogares, retomar sus exigencias y reafirmar que “la única forma de que la situación cambie es lograr su reconocimiento como municipio Autónomo Indígena Otomí“.

 Es la mañana del 21 de noviembre; ejidatarios, trabajadores, niños, jóvenes, mujeres y hombres se congregan para iniciar el recorrido por el bosque de la comunidad; convocados por la comisión “iniciativa de ley Juan Corrales”, acuden abrigados, pero pese al frio hay un marcado ánimo en los saludos que por momentos hace imperceptible la edad de algunos asistentes, adultos mayores que tienen más fuerza y vitalidad que muchos jóvenes. La alegría es producto de los meses de encierro que evitó  que muchos se encontraran y en los comentarios se escucha “otra vez vamos a la grilla, ¡ya hacía falta!”.  

 La comisión convocante le da seguimiento al reconocimiento del municipio y la abrogación del decreto 139 del convenio amistoso de límites territoriales, celebrado entre Almoloya de Juárez y Zinacantepec en marzo de 2002 por el cual la comunidad de San Francisco Tlalcilalcalpan quedó dividida entre ambos  municipios.

Los objetivos del recorrido son varios pues buscan promover la conciencia entre la población del cuidado del bosque y su preservación; involucrarla en los problemas del agua y la tala clandestina y trabajar una carta- posicionamiento de carácter internacional que presentarán en próximas fechas ante instancias de la ONU y al presidente Andrés Manuel López Obrador; todo esto lo realizarán en un paraje que consideran sagrado y está lleno de leyendas.

Salimos en camionetas que deben atravesar veredas y campos de cultivo para llegar al bosque; en un instante es posible percatarse de la situación del campo, los cultivos sufrieron fuertes afectaciones por las heladas que se adelantaron en octubre, lo que traerá pérdidas importantes para los pequeños productores de maíz;  también se atraviesan cultivos de forraje y papa; en ellos se distingue otro fenómeno, la presencia de jornaleros que trabajan para medianos y grandes productores de otras comunidades, que rentan las tierras de “san Pancho” y tienen en sus manos la maquinaria necesaria para la producción intensiva.

En la entrada de las cerca de 5 mil hectáreas de bosque que hoy han quedado “oficialmente”  en Zinacantepec y que conectan con el área de protección de Flora y fauna Nevado de Toluca,  puede observarse la “riqueza incalculable” a la que refieren los pobladores, árboles de  pino, oyamel, encino y múltiples especies de flora y fauna que se distribuyen en el recorrido.

En una de las  entradas a la zona más densa es necesario hacer una parada, pues  existe  una zanja que busca evitar que atraviese con facilidad la tala ilegal, aunque de acuerdo con “Don Marcos” “ellos están preparados para todo, si no pueden pasar ven como le hacen y pasan, si les faltan armas ven como le hacen y las consiguen”.

Después de cerca de  hora y media de camino hemos llegado a “las cruces”, este paraje de acuerdo con los asistentes es testigo de una tradición que se remonta a más de cien años atrás, en las cruces que están dispuestas sobre los árboles se colocan los cordones umbilicales de los niños recién nacidos, pues de acuerdo con la idiosincrasia, esto se realiza para darles valor, y  que sean buenos hombres proveedores del hogar.

Otro elemento que rescatan los asistentes es el histórico, pues la posesión de los bienes ejidales que abarcan el bosque fue resultado de la revolución mexicana y la lucha que desarrolló uno de los iconos de su movimiento, Juan Corrales, quién era uno de los caudillos zapatistas de la región. Es por la tradición, por la historia y por él vinculo permanente con el bosque,  que se nota un profundo ánimo e iniciativa en los asistentes que disponen lonas alrededor del paraje gritan ¡Juan Corrales vive, la lucha sigue! y comienzan a deliberar en asamblea.

Con la reforma al artículo 27 Constitucional en 1992 y la política neoliberal, se puso fin al reparto agrario y a la propiedad social de la tierra, abriendo paso al despojo y a la privatización de las tierras ejidales y de los recursos naturales; con ello también se multiplicaron los conflictos agrarios;  en 2018 SEDATU hablaba de 25 mil conflictos de este tipo en México.

Hoy esta situación es latente en los ejidos y bienes comunales, que se enfrentan a una nueva monopolización de la tierra, de los recursos naturales, al avance del crimen organizado y a un profundo ataque ideológico contra los pueblos originarios en donde la riqueza natural y social se mira con interés económico personal, lo que descompone el tejido social.

Comunidades como Cherán en Michoacán, Oxchuc Chiapas y Ayutla de los libres en Guerrero han luchado contra todo esto y siguen buscando una alternativa, por ello han planteado la exigencia de que el derecho a la autodeterminación sea efectivo y se amplíe a otras dimensiones; el avance y reconocimiento que estos procesos han logrado es parte de la inspiración que tienen las exigencias de san Francisco Tlalcilalcalpan pues en distintos momentos se hace referencia a estos procesos.

 En este marco los asistentes discuten sobre que harán respecto al agua potable que hoy escasea en las comunidades pese a tener manantiales, discuten también que harán para preservar el bosque de la tala ilegal que se incrementa, la discusión en momentos es tensa y la preocupación por lo que los ojos ven se agudiza, sin embargo los temas avanzan y los rostros cambian cuan se presenta la carta que emitirán en las próximas semanas con carácter nacional e internacional.

En esta lucha las mujeres hacen un doble esfuerzo, intervienen como protagonistas de la organización comunitaria y van ganando un lugar del que habían sido relegadas, de esta forma intervienen en la discusión, levantan los machetes y una joven entrega a su comunidad el proyecto de tesis de maestría que realizó sobre este movimiento que conoció a inicios de 2019 y al cual se dispuso a aportarle.

 La asamblea cierra con diversos acuerdos que estarán llevándose adelante las próximas semanas, se ha definido retomar la movilización y fortalecer sus exigencias, atender los problemas del agua y el bosque al interno de la comunidad y con dependencias estatales y federales.

Las actividades cierran con una comida, en la que se funde la comunidad con, el calor del fuego, el olor que produce la leña del bosque, los hongos, el maíz, el chorizo,  y el amor por su territorio.

Al caer el frio de la tarde se concluyen las actividades y se retorna al centro de la comunidad, esta jornada ha mostrado la perseverancia del pueblo otomí, en medio de condiciones cada vez más difíciles.