Triunfo discursivo del crimen organizado

Triunfo discursivo del crimen organizado
No es nuevo decir que en México llevamos más o menos tres décadas de tener cotidianamente reportes periodísticos que fueron, poco a poco, generando toda una narrativa sobre el narco.

La manera en la que hablamos refleja cómo entendemos el mundo. Nombrar algo implica darle vida de una manera en particular; narrar un hecho significa establecer la vía de acceso que nos permita recordarlo. Dicho en otras palabras, todo acontecimiento siempre va a quedar marcado por la manera en la que nos lo cuenten. Si ponemos un poco de atención, no será difícil darse cuenta que hoy ya narramos muchas cosas utilizando palabras, términos, dichos que se corresponde con un código mafioso.

Por ejemplo, hoy algunos líderes políticos, periodistas y opinadores se refieren a los procesos electorales como “disputas por la plaza”. Este término pertenece a un código propio de disputas territoriales y control hegemónico. Es, desde luego, ajeno a las prácticas democráticas y más bien puede rastrearse su linaje hacia las prácticas propias de los grupos delincuenciales.

Te recomendamos: «Sr. Tiburón», la venganza del poder (tercera parte) #LoQueNoQuisoPublicarRécord

¿Es gratuito este uso de términos?

Definitivamente no, es más bien el resultado de una sustitución discursiva que se desprende de múltiples influencias por parte de los grupos delictivos y de quienes cuentan las cosas que ellos hacen: periodistas, músicos, redes sociales e incluso a la academia. 

No es nuevo decir que en México llevamos más o menos tres décadas de tener cotidianamente reportes periodísticos que fueron, poco a poco, generando toda una narrativa sobre el narco. Los términos con los que se iba construyendo el código para nombrar los sucesos que contaban provenían, en muchos casos, de la propia jerga de los delincuentes, de su modo de hablar. Fue así como comenzamos a ver la aparición en los diarios de términos como cártel, sicario, jefe de plaza, etc. Luego, ello también se fortificó en la música, (primero con el género de los corridos y produciendo subgéneros como el narcocorrido y el movimiento alterado), después aparecieron los libros, la moda, los videos en YouTube y las redes sociales en general. En estos últimos espacios incluso los propios grupos delictivos producían sus contenidos y podían subirlos, ya sea en términos de proclama, amenaza, testimonio de sus acciones, intimidación, etc. La suma de todo eso dio como resultado unas modalidades discursivas que ya nos parecen muy propias.

Paulatinamente, a través de todos estos medios, la vía por la cual nos enteramos de los sucesos atribuibles a grupos criminales solidificó una forma de entender sus acciones: la violencia aparentemente irracional nos era mostrada como la decisión de “calentar la plaza”; los homicidios como “ejecuciones”; las desapariciones como “levantones”; los ejecutores al servicio de un grupo fueron nombrados “sicarios”; a un grupo de ellos entrando en acción se les denominó “comando”, a sus rivales “contras”, al líder prominente en un lugar se le nombró “jefe de plaza”, a su brazo ejecutor “lugarteniente”. La lista podría seguir y, no tengo duda, todos los términos nos parecerían no sólo familiares y significativos, sino hasta útiles para referir cosas que ocurren en nuestro día a día. 

Entonces, todo este tipo de términos se fueron fortaleciendo como una forma específica de hacer ver y oír actos relacionados con la delincuencia organizada. Pero, ha sido tal el crecimiento de las organizaciones en el país, que su presencia está cada vez más extendida; su influencia ya es innegable en los ámbitos económico, político y social. Por esta razón los términos ya han empezado a ser utilizados para nombrar actos, sucesos o procesos en otros espacios, como la política o los negocios.

Lee también: Los niños y el trabajo

Esto sólo puede ser entendido como el triunfo discursivo de las organizaciones criminales y su narrativa. Es algo grave. No se trata de la sustitución inofensiva de unos términos por otros, se trata de una nueva forma de entender las cosas. Si un líder de partido habla de “no entregar la plaza”, en su dicho se asoma la idea de que piensa en control territorial, en imposibilidad de convivir con quienes son o piensan diferentes. Si un analista político habla de que X gobernador “entregó la plaza”, en su argumento se esboza el imaginario de grupos mafiosos disputando el control hegemónico de los negocios. Puesto en tales términos un gobernante ya no es el representante popular electo por votación sino el “jefe de plaza”.

Ojo, porque la narrativa sobre el narco está convirtiéndose en el código para contar nuestra historia cotidiana.